Antonio Torres Rojas
Fotógrafo de producto, Monterrey
Entré sabiendo disparar, pero sin criterio para montar una escena. En el módulo de composición aprendí a ordenar cerámica, telas y vegetales sin que todo compita por la atención. La primera serie que armé después del taller la usé para una marca de salsas artesanales y me la aprobaron sin cambios. Lo que más me sirvió fue el ejercicio de descartes: ver por qué una rama fuera de foco arruinaba la lectura del plato.
Valeria Mendoza Garcia
Estilista visual, Guadalupe
Yo venía del lado de la cocina, no de la cámara. Los videotalleres me dieron un método para decidir dónde poner la luz según lo que quiero contar: si busco textura de pan, si necesito rojo profundo en frutos rojos, si quiero sombras suaves en un bodegón. Ahora trabajo con dos marcas de repostería y les entrego series completas, no fotos sueltas. El laboratorio de fotografía fue clave para entender el balance de blancos sin depender del automático.
Rocío Beltrán Aguilar
Editora freelance, Ciudad de México
Lo que buscaba era dejar de improvisar cuando un cliente me pedía una imagen para portada. La biblioteca visual y las prácticas guiadas me dieron referencias concretas para justificar decisiones: por qué esta altura de cámara, por qué esta distancia de la ventana, por qué este rebote. En tres meses pasé de hacer una foto por encargo a entregar series de seis o siete imágenes con criterio editorial.
Iván Cepeda Nava
Cocinero y creador de contenido, Saltillo
Grababa recetas con el móvil y luz de techo. Después del plan de iluminación empecé a mover la fuente a 45 grados, a rebotar con una cartulina y a medir la luz a distintas distancias. La diferencia se notó en los comentarios: la gente dejó de preguntar qué cámara usaba y empezó a preguntar cómo lograba esas texturas. Eso, para mí, es el resultado real del curso.